Da gusto llegar a casa, de verdad.
Ese esperado momento en el que cruzas por fin la puerta de la salida del colegio para dejar atrás
otro aparentemente interminable día, deja de ser tan esperado cuando sabes que no hará más falta
que esperar tres minutos para que la bomba explote. Todo un camino en coche sin hacer más que
escuchar una y otra vez las mismas palabras con esa intensidad que parece que te va a estallar la
cabeza. Y, para colmo, al entrar en casa se añade otra más recriminándote que siempre pasa lo
mismo e insinuando que es tu culpa. Y hala, todos los ingredientes para una comida cordial y una
tranquila tarde, si señor. Desde luego, hay días en los que te gustaría que las horas de clase no se
terminasen nunca con tal de no tener que pasar por esto. Horrible.
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